lunes, 8 de julio de 2013

NADA QUE CELEBRAR



El tango dice que “veinte años no es nada” y es cierto, pero diez años de mala gestión y mediocridad maltratando nuestra valiosa ciudad-puerto es mucho. Es un nuevo aniversario desde que Valparaíso fuera declarada Patrimonio de la Humanidad y el balance es tan triste como lapidario, la ciudad ha ido perdiendo identidad; el abandono y la suciedad son parte de la escena cotidiana y estamos amenazados una y otra vez por inmobiliarias que a costa de nuestro paisaje y geografía instalan impunemente, torres de departamentos tapando vistas a la bahía y cadenas de retail con vista al mar. No tenemos nada que celebrar; la municipalidad cuelga unos pobres pendones en la fachada de su edificio llamando a los porteños a festejar este título (en vías de extinción, además) cuando la calidad de vida en Valparaíso ha ido en desmedro de sus habitantes para favorecer proyectos del todo anti patrimoniales.

Estamos “celebrando” estos diez años mientras nuestras principales plazas se ven amenazadas por estacionamientos subterráneos que transformarán espacios de naturaleza y encuentro ciudadano en  grandes explanadas de cemento con inclusión de supermercados y escaleras mecánicas. La Plaza Victoria se deja morir lentamente tras un imperdonable abandono, sin escaños, sucia y con árboles talados, estrategia clara para llegar con el proyecto de cemento en gloria y majestad.

“Celebramos” estos diez años con la aprobación de todo tipo de irregularidades para construir un mall en pleno borde costero, transformando nuestra entrada principal por el mar a la ciudad, en una vitrina de centro comercial absolutamente disociado de la ciudad misma y  de su entorno.

Inmobiliarias destruyendo paisaje
de los cerros
“Celebramos” diez años patrimoniales con nuestras calles llenas de basura, caca de perros por todos lados, miles de ellos vagando sin rumbo, un comercio ambulante desatado en las principales avenidas y una proliferación de ferias tipo persas vendiendo todo tipo de chucherías y baratijas, pseudamente artesanales.

Son diez años en que vemos como se terminan librerías, cafés y centros de eventos por la especulación inmobiliaria que sube los precios de arriendo a sumas astronómicas favoreciendo la llegada de cadenas de farmacias, de telefonía celular y supermercados.

Diez largos años de ofrecer la ciudad al mercantilismo desatado sin protección alguna hacia la vida de barrio en los cerros de Valparaíso, sin proyectos urbanos interesantes para renovar sectores emblemáticos y únicos como la Av. Pedro Montt, por ejemplo. Y en vez de ello, vemos con espanto las intervenciones urbanas mediocres y muy poco felices como el entorno del Arco Británico, entre otras.

No ha existido en estos diez años intención alguna por parte de las distintas gestiones municipales por ofrecer un desarrollo sustentable y serio para mejorar y recuperar la arquitectura antigua de Valparaíso y ofrecer alternativas modernas acordes a una ciudad única y patrimonial (con o sin la declaración de la Unesco) como es la nuestra.

Está bueno de seguir con el lloriqueo permanente por parte de los distintos alcaldes por la falta de recursos, basta ya de negociados oscuros y sospechosos, está bueno ya de actuar cuando el daño es irreversible. Que los permisos de construcción en altura queden paralizados por orden municipal a estas alturas del partido no es más que una medida tardía e interesada que mira más al electorado que a la contaminación arquitectónica de los cerros. Los sectores que ahora se quieren proteger (Barón, Esperanza y Placeres) ya están saturados de edificios con todos los problemas que ello ha generado. No queda ya mucho que proteger allí.

 Estos  diez años, desde que Valparaíso fuera nominada como una ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad, debieran ser el momento para que autoridades y ciudadanos reflexionáramos en torno a su profundo deterioro, para que se decida de una vez por todas, trabajar por un Valparaíso que esté a la altura de su título y de su belleza, y no siga siendo ofrecida como un producto cualquiera a la máquina trituradora de los intereses más bajos del mercado que la prostituyen para el beneficio económico de unos pocos.

martes, 9 de octubre de 2012

DE INCENDIOS Y FUEGOS ARTIFICIALES

“La espantosa realidad de las cosas. Es mi descubrimiento cotidiano”  Fernando Pessoa, escritor portugués.

Me vengo preguntando hace ya un tiempo si acaso Valparaíso se fue, lo he buscado desesperadamente sin encontrar más que los despojos de una ciudad que no reconozco, en donde diviso apenas algunos últimos vestigios de una ciudad puerto que cada tanto se remata, se incendia y se derrumba. 

Mientras el incendio mataba el clásico teatro Imperio en Valparaíso, el alcalde Castro lanzaba fuegos artificiales en el muelle Pratt. Foto de Barbara de la Fuente.
Quizás Valparaíso está en cada edificio histórico que se quema, en cada ascensor que permanece inmóvil en la cumbre de su estación fantasma, en cada casona o construcción antigua que desaparece tras una cadena comercial. Tengo la sensación que vivimos en una ilusión, que lo que sucedió el lunes 17 de septiembre fue el símbolo más claro de que Valparaíso nos abandonó sin darnos cuenta ante tanta negligencia y maltrato. El incendio del ex Teatro Imperio, edificio declarado Patrimonio, ardía esa fatídica noche de lunes como tantos otros que corrieron la misma suerte. El triste espectáculo de las llamas ardiendo con voracidad en medio de fuertes vientos nos devolvía la triste realidad de Valparaíso mientras Chile entero celebraba las fiestas patrias.  Justo la noche en que el alcalde Jorge Castro daba inicio al show pirotécnico de fuegos artificiales dieciocheros disponiendo para ello de un presupuesto de 40 millones de pesos.

Esta verdadera ironía da cuenta del estado de las cosas en el puerto. Porque estamos, además, en tiempos de plena campaña electoral municipal y vemos con estupor como con la rapidez y la improvisación más burda se pintan fachadas de inmuebles que están en pésimas condiciones estructurales y/o de sistemas eléctricos, como se tapan los hoyos de las calles con tierra, como se instalan máquinas de ejercicios en el borde costero, como se promueve y vende la imagen Valparaíso con las fotos del alcalde ofreciendo todo aquello que no ha logrado solucionar ni gestionar durante su período alcaldicio. Sin el más mínimo pudor ni disimulo.

Han pasado 5 años desde el incendio en calle Serrano y las condiciones del sector siguen siendo lamentables aunque cada tanto se nos avisa de fabulosos proyectos a punto de concretarse en la zona. ¿Qué pasará con el edificio del Teatro Imperio?
El alcalde al llegar al lugar del incendio, después de festejar los fuegos artificiales eso sí, comentó muy afligido que esto era “un verdadero atentado al patrimonio de Valparaíso”, es decir, parece deslizar una sospecha de fuego intencional. Me espanto. Todos sabemos cómo la especulación inmobiliaria está ansiosa por ocupar espacios atractivos en el pequeño plan del puerto, sabemos también la avidez del comercio retail que está, al igual que los boy scout, siempre listos a instalar su horroroso comercio en donde pueda a cualquier costo. Y sabemos también como nuestro alcalde es el promotor más entusiasta de estas iniciativas. Me sigo espantando.

Pero quiero creer porfiadamente que este incendio puede ser una oportunidad para que Valparaíso vuelva, para devolverle dignidad y belleza a un lugar que nunca debió ser ocupado, además, con puestos de bazar. Porque tampoco es cierto que ahí funcionaba una feria artesanal, otro de los miles de eufemismos que nos aquejan, ya que en Valparaíso no existen ferias de artesanías, sólo un comercio de chucherías y baratijas que tienen poblada la ciudad de carpas y comercio ambulante.
Yo no celebré los estampidos ni las luces de estos tristes fuegos artificiales del 17 de Septiembre, más bien cerré los ojos, me tapé los oídos y me imaginé el Teatro Imperio recuperado y restaurado funcionando como teatro, con una galería de fotografía en un costado y con una cafetería y confitería Riquet en su entrada. Es decir, le devolví a ese hermoso edificio patrimonial toda su grandeza y su esplendor en mi desesperada búsqueda de ese Valparaíso que al parecer nos ha dejado.

domingo, 9 de septiembre de 2012

LA VERGUENZA DEL CERRO BELLAVISTA

“Lo que tenemos que entender es que la arquitectura contemporánea es super importante, porque no podemos dejar la ciudad estancada”, declaró Paulina Kaplán, Directora de  la oficina de Gestión Patrimonial de Valparaíso a  El Mercurio de Valparaíso el 28 de noviembre del 2011. Y a continuación defendió la construcción de un edificio sobre el mural de Matilde Pérez, en pleno Museo a Cielo Abierto del Cerro Bellavista, aduciendo razones de progreso, modernidad y de embellecimiento al entorno del sector con el aporte dela Inmobiliaria Cielo Abierto.
Mural de Matilde Pérez clausurado debido a ridícula construcción
Este proyecto inmobiliario que originó mi primera columna de opinión sobre Valparaíso, en una desesperada alarma para defender y proteger esta zona de carácter cultural y patrimonial que estaba siendo seriamente amenazada, generó no sólo gran rechazo por parte de la comunidad de vecinos del Cerro Bellavista, sino el cuestionamiento por parte de arquitectos, dirigentes sociales, diseñadores, artistas y emprendedores quienes vieron có8mo se estaba afectando parte de la historia y la geografía de esos pequeños y angostos pasajes que conforman parte de uno de los accesos al museo, sino también por el resguardo del Mural de Matilde Pérez (incluso con investigación de la PDI de por medio) que quedaba como parte de la fachada del edificio.
La polémica se mantuvo durante todo el año 2011 con permanentes conflictos con los vecinos, con agresiones físicas y verbales de parte de los encargados de la construcción, con demandas y varias órdenes de paralización de obras por diversas irregularidades cometidas por parte de la constructora.  Sin embargo, el apoyo municipal entregado directamente por la Sra. Kaplán fue tan contundente como categórico: aquí estábamos frente a una posibilidad única para mejorar el sector.

Desde Enero de este año y hasta la fecha, poco a poco fueron cesando los trabajos, se acabaron los ruidos, la entrada y salida de gigantescos camiones y maquinaria sacando escombros y trayendo materiales, hasta que finalmente fueron despedidos los trabajadores y las obras quedaron completamente paralizadas sin explicación ni resguardo alguno. El panorama comenzó a ser aún peor que durante la construcción: el sitio se transforma en el refugio ideal para amparar delincuentes, vándalos y borrachos, el resultado está a la vista con todo el entorno rayado, incluyendo los murales, la basura multiplicada por todos lados y una fetidez insoportable. Los robos de los materiales que aún quedan dentro de la obra son permanentes y pese a que Carabineros detiene a los infractores, éstos quedan libres rápidamente ya que –según nos dicen- la constructora no presenta cargos. Robos y delitos que han aumentado considerablemente en el Cerro Bellavista. Todo ello en medio de las veredas que quedaron rotas, los adoquines destruidos, la entrada al Pasaje Pasteur sin su arco de señalética de ingreso al museo y sin los topes municipales que protegían la calidad de paseo peatonal al sector.

lunes, 16 de julio de 2012

COMPRAR A LA ANTIGUA EN VALPARAÍSO

Foto: Pilar Polanco



Una forma de rescatar la identidad, las costumbres y la historia de los ciudadanos porteños es volver a nuestro antiguo sistema de compras, como un intento real, no sólo de promover los tradicionales locales comerciales de Valparaíso sino de transformar un acto cotidiano y necesario en algo que nos devuelva la dignidad como consumidores, es decir,  la calidad humana en el trato con quienes nos atienden, la tranquilidad y el equilibrio al momento de comprar. 

Todo esto y mucho más nos ofrece la experiencia que tenemos a la vuelta de la esquina en cualquier sector de Valparaíso. Es tiempo también de derribar ciertos mitos: que son más caros, que los productos son limitados, que es más engorroso y lento, etc. Mentiras que nos han inculcado por años de años en una feroz campaña publicitaria para favorecer el consumo desmedido y brutal que fomenta este sistema hacia los grandes supermercados y grandes tiendas del retail que tienen a la mayoría de las personas endeudadas más allá de lo razonable y viviendo la angustia de la compra permanente e insaciable.
A través de esta pequeña reseña y luego de hacer un recorrido por los lugares que están más a mano,  he descubierto con sorpresa que podemos abastecernos de todo lo necesario en antiguos y tradicionales negocios del puerto en donde, además, todo se envuelve en papel, se minimiza el uso de bolsas plásticas, se conversa amenamente con vendedores y cajeros, se impulsa la actividad en estos locales y se compra lo que realmente se necesita.
Es muy recomendable recorrer las bodegas del Almendral, un mundo alucinante que poco tiene que ver con la falsa idea de que sólo venden alimentos para mascotas. La hermosa Bodega Pedro Montt (Bacigalupo) tiene todas las exquisiteces imaginables, además de aliños exóticos y variados; frutos secos, semillas, aceites de sésamo, nuez, palta, oliva, etc. Salsa de ostras, de tamarindo, soya, pescado y otras. Tés importados ingleses twinnings, inti zen, rojos, blanco, negro, verde, de jazmín, etc.
La “Bodega Gran Valparaíso” y todas las que están por calle Chacabuco le ofrecerán desde puré hindú a granel, hasta cous cous, quínoa, sésamo rojo, negro y blanco, infinita variedad de porotos, tomates deshidratados, cúrcuma, curry, pistachos, castañas de cajú, jengibre y una larga lista de productos exquisitos, aparte de los del diario consumo.
Y los precios son increíblemente más baratos que los supermercados. Todo se lo venderán a granel, se lo envolverán en paquetitos de papel atados con pita y luego una sola bolsa plástica para llevarlo todo o en su defecto una sustentable caja de cartón reciclada.
Las ferreterías son otro mundo atractivo y único en los antiguos locales porteños, las ubicadas en el sector del Almendral, las que existen en Pedro Montt y la avenida Argentina, la “Ferretería La Chilena” de avenida Alemania con Guillermo Rivera(cerro Florida) son un mundo de miles de productos variados desde los más pequeños hasta los más grandes y complejos. Y también nos ofrecen una atención esmerada, rápida y con conocimiento de lo que se vende a precios más baratos que las grandes ferreterías del retail;  con envoltorios igualmente en papel y pita, con la cuenta sacada en papeles reutilizados y en donde todo se aprovecha sin derroche.
Un lugar del todo recomendable, pulcro, pequeño y antiguo es el de las Pastas Zena en calle Simón Bolívar 442, que aún conserva su cortina de tiras metálicas, un clásico en las tiendas de la península itálica. Aquí están los más exquisitos ñoquis, raviolis, panzotis y triangolonis además de toda la pasta tradicional. Los rellenos van desde los más tradicionales hasta los de berenjenas, zapallo y otros con las salsas más tentadoras junto al queso parmesano recién rallado.
Un poco más allá, al llegar a avenida Pedro Montt está la antigua fuente de soda “La Rivera”, pasada obligada para comer las pizzas y empanadas más ricas y tradicionales del puerto.Los restaurantes que están de moda en los cerros de Valparaíso son una propuesta bastante alejada de los tradicionales y típicos lugares porteños: imperdible el “Menzel” de calle Las Heras con sus privados, su barra y sus platos típicos abundantes y deliciosos a precios razonables. El “J.Cruz” con sus conocidas chorrillanas y sus paredes escritas por todos los comensales. El clásico “Cinzano” con antiguos mozos, suculentos platos y los músicos en vivo tocando boleros, tangos y el chipi-chipi.
Otro lugar con ambiente porteño, antiguo, con mozos atentos a la antigua es el Marco Polo, en Pedro Montt frente a la Plaza Italia. Aquí siempre encontrará todos los platos de la carta, lo atenderán rápido, a toda hora hasta la medianoche y la calidad de sus preparaciones nunca lo defraudarán. Las pastas, cazuelas, sus hamburguesas y completos son una perdición. Es el único local que abrió al día siguiente del terremoto del 27 de Febrero y que está abierto contra viento y marea, siempre.
Hay muchísimos más, por mencionar otros: “La Mangiata”, el “Da Renato”, el “O´Higgins”, el “Don Carlos”,  el “Bar Inglés”, Bar “La Playa”, “El Pajarito”, el “Bogarín”, “Don Otto”, etc. En calle Victoria aún se pueden encontrar artículos increíbles, verdaderos tesoros en la todavía hermosa tienda “El Olivar” con toda su mercadería importada y finísima, junto a otros pequeños locales donde los pantalones de polar para los más pequeños cuestan $ 1.000 confeccionados por señoras costureras; tiendas de lámparas y artículos eléctricos, botonerías y cordonerías de antología, la tradicional vidriería Schieggia y la antigua suelería/talabartería El Carretero.
El sector de Plaza Echaurren y Serrano nos espera con otra cantidad de lugares para comprar de todo muy barato. Si quiere encontrar un exprimidor de limones de vidrio, jarrones y platos enlozados y una gran variedad de menaje de otra época, debe darse una vuelta por la “Bandera Azul” y recorrer sus pasillos tapizados con los objetos más nobles.  Otro que no debe faltar en sus compras son las cecinas y todo tipo de embutidos de la “Sethmacher”, antiguo, tradicional y exquisito local que los fines de semana tiene filas de gente esperando su turno para ser atendida.
Foto: Pablo Genovese
¿Alguien ha ido a comprar al Almacén Naval de Playa Ancha, a la tienda de Antigüedades  El Abuelo, ala SueleríaElCóndor, ala VidrieríaBetty, a Confecciones Las Tablas, a la tiendaLa Sombra, ala SombrereríaWoronoff, ala LibreríaCrisiso ala Ateneo, aLa Camelia, ala JaboneríaLaYolanda?
Parecen pertenecer a una historia sacada de un cuento donde el tiempo se detuvo, pero no lo es.  Son los lugares del antiguo Valparaíso que se niegan a morir para suerte de nosotros, pero que por lo mismo debemos incluir en nuestras compras cotidianas.
De esta manera, el acto de comprar y de abastecerse se transformará en una suerte de paseo que nos ayudará a vivir la ciudad porque estaremos obligados a observarlo todo, no estamos ya en el ámbito artificial e impersonal  del supermercado sino que iremos mirando el entorno, los problemas que existen y el devenir ciudadano.  Esta forma de aprovisionarnos  posibilita el encuentro con las personas,  asistimos a distintos tipos de situaciones y escenas que incluso pueden  llegar a ser ser inspiradoras, estamos al aire libre tomándole  el pulso a la ciudad y vinculándonos con ella con todo lo que ella posee de bueno y de malo, de bello y de feo, pero en contacto con una realidad a escala humana  en ese transitar a diario que constituye nuestro viaje de ida y regreso al hogar que pareciera ser intrascendente, pero que al llenarlo de pequeños significados personales y sociales termina por darle sentido a nuestros días.
Créanme, volver a las panaderías y almacenes de nuestros barrios, siempre será una íntima alegría, un respiro y un re-descubrimiento.

martes, 22 de mayo de 2012

VALPARAÍSO, LA CIUDAD DE LOS FANTASMAS

¿Qué pasa en Valpo? Los ciudadanos parecen muertos y poco o nada
hacen para evitar que el Puerto desaparezca.
“Cada vez que voy a Valparaíso, regreso muy apenado de ver degradada la ciudad. Quizás Valparaíso sea una ciudad imaginaria. Yo la prefiero así, tal como la veo en sueños, por eso mi libro se llama “Ayer soñé con Valparaíso” pues prefiero evocarlo, soñarlo o imaginarlo que vivirlo realmente, ya que cuando viajo allá, estoy siempre muy impactado por su autodestrucción, ya que los mismos porteños no hacen nada por cuidar su ciudad.” (Manuel Peña Muñoz, escritor, Premio Municipal Literatura Valparaíso 1997).

Las palabras al final de una carta que recibí hace un tiempo, a raíz de mis crónicas sobre Valparaíso, de mi amigo el escritor Manuel Peña, me dejaron con una amarga sensación de impotencia y una honda tristeza que me embarga cada vez que el puerto sufre un nuevo embate y una nueva pérdida, cuando soy testigo de la resignación y apatía de los porteños para defender la ciudad, para protestar por las decisiones que se toman sin consultarnos y que afectarán nuestro futuro irremediable y definitivamente. Cuando vemos los ascensores transformados en verdaderos fantasmas colgados penosamente de los cerros, cuando vemos cómo se demuelen construcciones antiguas y valiosas para instalar torres de departamentos, cuando existen otras obras abandonadas en medio de la ciudad, cuando se instala un penoso remedo de botica para amparar una cadena de farmacias, cuando se permite que nuestros antiguos locales como la librería Ivens sean reemplazados por compañías de teléfonos celulares, cuando se pretende entregar la principal avenida de entrada al puerto, como es la avenida Argentina, a las empresas del retail. Cómo no ponerse a llorar a gritos cuando se nos quiere convencer una y otra vez que un mall en pleno borde costero será un aporte, un motor para la actividad comercial, cuando se nos trata de convencer que es mejor ser consumidores que ciudadanos.

Valparaíso me atrapó no sólo por su belleza geográfica, su nostalgia, su historia de marinos, inmigrantes y su antigüedad. Valparaíso me cautivó también por todos los libros que se han escrito sobre él, entre ellos los evocadores y los que cuentan la historia de la vida porteña como los de Manuel, que atesoro, leo y releo muchas veces. Toda la poesía, las películas, las músicas y pinturas que ha inspirado Valparaíso a los más talentosos artistas. Todo aquello que nos ha dado identidad y originalidad se va terminando lenta, pero progresivamente para transformarnos en una ciudad más, clonada de otras en donde el paisaje principal son las grandes tiendas, los supermercados y las monstruosas torres de departamentos, todos iguales.

Me pregunto y les pregunto a ustedes: ¿hasta cuándo permitiremos que se nos quite ese Valparaíso que añoramos y queremos? ¿Cuándo despertaremos de esta especie de modorra social, de esta comodidad cívica o derechamente de esta suerte de indolencia que no nos hace salir a las calles a defender lo nuestro? Todas las marchas que se han convocado para rechazar el mall, para exigir de vuelta nuestros ascensores, para defender nuestro comercio local cuentan con unos pocos entusiastas, siempre los mismos. Sin embargo vemos en todo Chile como los ciudadanos se levantan para defender sus ciudades e intereses, ¿por qué aquí no ocurre eso? La gente tiene mucho que decir, en la calle y en las conversaciones privadas se advierte un rechazo importante a todas las medidas, decisiones y construcciones que se están autorizando indiscriminadamente, sin embargo, esto no se expresa en acciones ciudadanas concretas y  pareciera que los porteños pensaran que está todo perdido y que ya nadie podrá frenar esta verdadera masacre a nuestra ciudad puerto.

Yo pienso que estamos a tiempo, creo que la fuerza ciudadana está demostrando ser más potente que cualquier poder fáctico.  Que todas las aberraciones que se cometen en otras ciudades se han vuelto verdaderos ejemplos de lo que NO debe hacerse en Valparaíso, por lo tanto, debemos  decidir nosotros cómo se sigue contando la historia de este puerto querido porque las responsabilidades son compartidas por todos sus habitantes. Si las autoridades equivocan el camino entonces tenemos que levantar la voz y salir a las calles para evitar que Valparaíso se transforme definitivamente en la ciudad de nuestros fantasmas, en la ciudad cementerio de nuestro patrimonio, en una pura entelequia imaginaria. Sólo movilizados y activos lograremos que éste renazca y se eleve hasta la altura de nuestros sueños. ¡Aún es posible! 

viernes, 20 de abril de 2012

HABITAR VALPARAÍSO

La columnista ataca a aquellas edificaciones que al final nada tienen que ver
con Valparaíso y que además lucran con nuestras necesidades.
“Los nuevos edificios que se suceden sin ninguna lógica, demuestran una falta total de planificación con irregularidades éticas y estéticas. Nos quieren hacer vivir como si estuviésemos de paso por la ciudad. Los edificios son cada vez más altos con departamentos más chicos para darle espacio a nuevos edificios con departamentos tipo caja de zapatos, más chicos aún. Las separaciones, los divorcios, la incomunicación, la falta de deseo, la abulia, la depresión, los suicidios, las neurosis, los ataques de pánico, la obesidad, las contracturas, la inseguridad, el hipocondrismo, el stress y el sedentarismo son responsabilidad de los arquitectos y empresarios de la construcción. De estos males somos todos víctimas”. (Martín, “Medianeras”,  director Gustavo Taretto)

Por Carolina Gálvez

Hace tiempo ya que Valparaíso sufre de esta compulsión de las inmobiliarias por construir torres de edificios por todos lados, no sólo faltándole el respeto a nuestra original geografía, sino instalando sus horrendas construcciones sin estilo ni aporte arquitectónico alguno, al lado de una casona antigua y tradicional del puerto, en medio de los cerros en donde cuelgan las típicas casas revestidas de calamina o en sus avenidas en el borde costero tapando la vista a ese Valparaíso que está de pie frente a la bahía hace más de 400 años.

Edificios con montones de departamentos de calidad mediocre, en unos miserables metros cuadrados que se venden muy ostentosamente a través de modelos piloto en los cuales se arma una escenografía de juguete que engaña el ojo del futuro comprador, sin asco. Departamentos y edificios en los que el bostezo del vecino será totalmente perceptible por el que está al lado, lugares sin ninguna identidad ni intención de ofrecer una buena calidad de vida. Edificios que ahora los venden con una planta baja con farmacias y supermercados ya comprometidos, todo un paquete coludido para hacer negocio redondo con nosotros. De arquitectura y diseño, nada. Sólo negociado.

Pero existe una construcción que ha herido profundamente el plan de Valparaíso, una mole desproporcionada, de estilo fascistoide y particularmente fea que cobija un mundillo muy desprestigiado, hoy por hoy, en nuestra sociedad: el Congreso de Chile; proyectado, construido e instalado por la dictadura de Pinochet. Un edificio que no tiene vinculación alguna con la ciudad, que no ha significado de ninguna manera un aporte a Valparaíso, que tampoco ha significado descentralización, que no ha generado actividad económica ni comercial y que más parece un “cacho” para los honorables que deben viajar desde la capital a sesionar acá, porque la mayoría de ellos no vive ni piensa en vivir en el puerto, porque muchos de ellos traen sus asesores y empleados desde Santiago y porque no saben cómo volver definitivamente al antiguo y hermoso edificio del Congreso en el centro de la capital.

Por otro lado, somos muchos los que no sabemos cómo hacer para que ellos se trasladen, se vayan luego, con edificio y todo lejos de aquí. Sería algo así como empezar a limpiar  Valparaíso, un símbolo de esperanza de nuevos tiempos, de sacarnos de encima lo malo, lo feo; una especie de acto psicomágico –como diría Jodorowsky- para sanar al puerto.

Y entonces puedo cerrar los ojos y soñar ese espacio sin rejas, de libre acceso para todo el mundo transformado en un gran parque que invite a caminar, a pasear en bicicleta, a descansar y disfrutar de un pulmón verde que tanto necesita Valparaíso.  Perfecto sería contar allí con un centro cultural, que imagino con grandes ventanales hacia los jardines,  que cuente con una biblioteca, una sala de exposiciones, una cafetería, es decir, un lugar de real encuentro para los ciudadanos. Un espacio público que se comunique y se vincule con la vida porteña, un espacio cuyo único objetivo sea el esparcimiento, el relajo y la buena vida, un regalo para la ciudad y sus habitantes.

Quizás sería ésta la única forma de soportar la cantidad de edificios que nos invaden y rodean, una posible salvación para nuestro espíritu porteño que es constantemente amenazado frente a proyectos inmobiliarios y de retail que van en el sentido contrario de gozar de una vida ciudadana buena y bella, lejos de los negociados que no quieren el bienestar tuyo ni mío. Por ello, quiero que el Congreso, junto con sus “honorables”, se vaya de Valparaíso con toda su carga de desprestigio y de vergonzosos privilegios. Quiero soñar que otro Valparaíso es posible y que si el Congreso sale de nuestra ciudad todos comenzaremos a sanarnos, a salir de la apatía y la desesperanza.