jueves, 12 de septiembre de 2013

NERUDA, LAS CARTAS DE AMOR Y SUS SECRETOS



¿Quién no ha copiado alguna vez un verso, un fragmento literario o ha citado una frase o pensamiento para enviarlo a la persona amada, esa que nos aprieta el corazón, a quien queremos conquistar y llenarla de bellas palabras amorosas? 
Seguramente la mayoría ha escrito esas declaraciones haciéndolas pasar por propias, impresionando al ser amado con el ardid de una mentira leve que sólo ese amor puede justificar.  Tú y yo, todos nosotros hacemos casi las mismas cosas cuando estamos enamorados, nos descubrimos profundamente iguales en nuestras ganas de ser correspondidos, de soñar, de desplegar todos nuestros talentos frente a ese otro que nos conmueve y nos fascina.

Aunque ahora casi no se escriben cartas porque nos comunicamos a través de las pantallas, las palabras de amor no se extinguen y a pesar que se ha perdido la emoción de abrir un sobre para encontrarnos con ese papel fragante a letras recién escritas, ni la tecnología, ni la vida  moderna han podido terminar con ese romanticismo más antiguo: hablarnos de amor.

Cuando Pablo Neruda tenía recién 12 años era un niño tímido que vivía en el sur lluvioso de Chile, un pequeño llamado Neftalí que trataba inútilmente de llamar la atención de María Pacheco, una niñita de su edad que vivía en su barrio y que le gustaba mucho.  Un día, castigado en el altillo de su casa por “portarse muy mal” encontró escondida una pequeña caja barnizada con un cierre dorado. La polvorienta caja estaba abierta y encontró en su interior paquetes de cartas y tarjetas postales antiguas escritas por un tal Enrique y dirigidas a una tal María.  “Querida María… Adorada María…Inolvidable María…” Cartas de amor volcánico y apasionado que Neftalí devoró durante toda la tarde imaginando que él era el escritor enamorado y ella una actriz o bailarina de éxito en Europa. Fue, quizás la primera novela de amor que lo apasionó. Al pasar los días y comprobar que la niña de sus sueños, su María, seguía siendo indiferente con él y ni lo miraba, decidió escoger una de las cartas encontradas en el altillo y se la entregó en la calle para luego salir corriendo. Al día siguiente ella lo encaró preguntándole por qué le escribía  cartas si además él no se llamaba Enrique. Él dijo que ese era su nombre artístico,  María le reclamó que eran cartas muy atrevidas y a pesar de lo ruborizado que estaba, Neftalí contestó, como un experimentado galán, que así eran las cartas de amor.

El paquete de cartas se fue terminando y también su fascinación por María Pacheco. Ahora le gustaba mucho más una amiga de María, era más alta y bonita aunque también se llamaba María, la María Ortega, y a ella le entregó la última de las misivas.  Entonces ocurrió lo previsible: las dos amigas se mostraron las cartas y quedó en evidencia el engaño. Lo encararon y le enrostraron su mentira: no era él quien las  escribía  porque en ellas se hablaba de Paris y él nunca había estado allí. Las niñas lo dejaron  diciéndole entre risas que cuando estuviera en Paris les escribiera desde allá.

Y así, por falta de palabras propias, Neftalí se quedó sin las tres Marías: la original, la Pacheco y la Ortega. Sin embargo, nunca imaginó que años más tarde muchos, en todo el mundo, tomarían “prestadas” sus palabras para enamorar a sus respectivas Marías.

Las cartas de amor pueden partir como un juego, transformarse en una pasión y finalmente quedar guardadas en un rincón escondido del altillo para revivir más tarde en otros romances y otras historias. No importará si son copiadas,  tomadas de un libro o incluso robadas de un poema. Las cartas de amor seguirán siendo esa emoción que hace saltar el corazón por la boca cuando las escribimos y mucho más cuando recibimos una de vuelta. ¡Qué vivan las cartas de amor!

jueves, 15 de agosto de 2013

EL MUSEO A CIELO ABIERTO, LA NUEVA RATONERA DE VALPARAÍSO

Construcción abandonada de
edificio en pleno museo, sobre
mural


"En el año 1969, al caminar por los cerros de Valparaíso, tuvimos la idea de establecer un diálogo entre una proposición absolutamente pictórica y el entorno de la ciudad, que ofrece una riqueza especial tan peculiar y variada, con sus calles y casas encaramadas en laderas, con sus escaleras y accesos serpenteando cerro arriba, cerro abajo, formando toda suerte de encuentros en la vista dirigida al cielo o quebrando y requebrando el horizonte."


Así comienza a relatar Francisco Méndez Labbé, (pintor, arquitecto, fundador y ex-Director del Instituto de Arte de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y gestor del Museo a Cielo Abierto del Cerro Bellavista) la historia que dio origen al museo que hoy sobrevive a duras penas bajo toneladas de basura, grafitis, desolación y abandono. Un museo que está a punto de desaparecer a pesar de ser una iniciativa única, que aporta una cuota de arte y cultura no sólo a los visitantes y turistas, sino a la vida cotidiana de sus vecinos y a los porteños que transitan a diario por el sector. Un regalo en donde los pasajes y callejuelas del Cerro Bellavista se convierten en un gran lienzo donde se reproducen obras de destacados pintores nacionales de la generación del 40 y 50 que representan un momento de gran apertura y auge del arte en nuestro país. Pinturas convertidas en murales por estudiantes de arte de la PUCV bajo la dirección del profesor Francisco Méndez. El lugar escogido fue pensado emblemáticamente por estar ubicado a la altura de la Plaza Victoria, ícono de la tradición porteña, y aparece en la mayoría de las guías turísticas de todo el mundo como un sitio de gran interés y originalidad en Valparaíso, lo que genera la visita permanente de turistas extranjeros y nacionales. Visitas que se relacionan con los vecinos del sector, que preguntan, se asombran, conversan y se maravillan frente a las pinturas y su conexión con el paisaje urbano y humano.


Han existido algunas discusiones y polémicas en torno a si este museo tiene un real valor artístico, si es muralismo auténtico y si vale la pena conservarlo. Opiniones que han sido rescatadas e incluso compartidas en redes sociales por funcionarios municipales con el interés, sin duda, de desvalorizarlo y minimizar el impacto público de su deterioro  Esta discusión, a mi parecer, se aleja absolutamente del sentido que tiene el Museo a Cielo Abierto, a su origen y su trascendencia.  La visita al museo es una invitación a vivir una experiencia sensorial, un recorrido por ese Valparaíso que todos buscamos. Allí se concentra su desordenada geografía, sus vericuetos, escaleras que llevan y no llevan a parte alguna; ahí está ese tiempo a ratos detenido con viejas casas arriba y otras más recientes abajo, con los gatos repartidos y displicentes por todos los tejados, con las ventanas atiborradas de ropa tendida ondeando al viento, con ese paisaje que hace de Valparaíso ese lugar bellamente caótico, desordenado y gregario del que todos queremos ser parte.


Murales rayados
Hoy día, el lugar en donde se emplaza el museo está convertido en una nueva “ratonera” del puerto, luego que la municipalidad autorizara hace ya algunos años a una constructora para levantar un edificio sobre uno de los murales, el de Matilde Pérez por el Pasaje Pasteur, y el posterior abandono de las obras por parte de ésta. Lo cual ha generado en el sector un punto oscuro que parte con la clausura de este mural, cercos y cierres de la obra que se desmoronan con los meses provocando caída de escombros sobre las sendas del museo, concentración de basura y más tarde el rayado anónimo sobre la mayoría de los murales convertidos, además, en baños públicos. Construcción abandonada por más de un año en donde se refugian borrachos, ladrones y vagabundos que transformaron el hermoso entorno de callejuelas entre murales imponentes, en un lugar fétido, antiestético y completamente abandonado.


La Directora de Patrimonio de la Municipalidad de Valparaíso, Paulina Kaplán, defendió sostenidamente el proyecto de la construcción de un edificio en pleno museo a pesar de todas las alertas que se dieron en su momento. Pero ella aseguraba que aquí habría progreso y modernidad para el Cerro Bellavista y que la constructora nos regalaría jardines, mejoramiento de calles y alrededores.


Hoy nadie da la cara, tras la impunidad del dueño de la constructora se esconden la funcionaria municipal y el alcalde. Aquí no hubo fiscalización alguna, se dejó hacer “a la pinta” de la inmobiliaria y no hay reparación ni restauración de lo que había antes. Y esta ya no es una discusión artística, es una cuestión de actitud de las autoridades actuales, es una expresión clara de la esencia de la gestión municipal extendida a todo Valparaíso: despreocupación, basura, abandono y nula protección de nuestro patrimonio, si es que aún se puede llamar así.


El Museo a Cielo Abierto del Cerro Bellavista es hoy la nueva “ratonera a cielo abierto” de Valparaíso visitada con cara de asco por desilusionados turistas y paseantes, convertido en el calvario y vergüenza de quienes estamos allí sufriendo la vida cotidiana en un lugar que hoy apesta pero que un día nos llenó de alegría y orgullo.

lunes, 8 de julio de 2013

NADA QUE CELEBRAR



El tango dice que “veinte años no es nada” y es cierto, pero diez años de mala gestión y mediocridad maltratando nuestra valiosa ciudad-puerto es mucho. Es un nuevo aniversario desde que Valparaíso fuera declarada Patrimonio de la Humanidad y el balance es tan triste como lapidario, la ciudad ha ido perdiendo identidad; el abandono y la suciedad son parte de la escena cotidiana y estamos amenazados una y otra vez por inmobiliarias que a costa de nuestro paisaje y geografía instalan impunemente, torres de departamentos tapando vistas a la bahía y cadenas de retail con vista al mar. No tenemos nada que celebrar; la municipalidad cuelga unos pobres pendones en la fachada de su edificio llamando a los porteños a festejar este título (en vías de extinción, además) cuando la calidad de vida en Valparaíso ha ido en desmedro de sus habitantes para favorecer proyectos del todo anti patrimoniales.

Estamos “celebrando” estos diez años mientras nuestras principales plazas se ven amenazadas por estacionamientos subterráneos que transformarán espacios de naturaleza y encuentro ciudadano en  grandes explanadas de cemento con inclusión de supermercados y escaleras mecánicas. La Plaza Victoria se deja morir lentamente tras un imperdonable abandono, sin escaños, sucia y con árboles talados, estrategia clara para llegar con el proyecto de cemento en gloria y majestad.

“Celebramos” estos diez años con la aprobación de todo tipo de irregularidades para construir un mall en pleno borde costero, transformando nuestra entrada principal por el mar a la ciudad, en una vitrina de centro comercial absolutamente disociado de la ciudad misma y  de su entorno.

Inmobiliarias destruyendo paisaje
de los cerros
“Celebramos” diez años patrimoniales con nuestras calles llenas de basura, caca de perros por todos lados, miles de ellos vagando sin rumbo, un comercio ambulante desatado en las principales avenidas y una proliferación de ferias tipo persas vendiendo todo tipo de chucherías y baratijas, pseudamente artesanales.

Son diez años en que vemos como se terminan librerías, cafés y centros de eventos por la especulación inmobiliaria que sube los precios de arriendo a sumas astronómicas favoreciendo la llegada de cadenas de farmacias, de telefonía celular y supermercados.

Diez largos años de ofrecer la ciudad al mercantilismo desatado sin protección alguna hacia la vida de barrio en los cerros de Valparaíso, sin proyectos urbanos interesantes para renovar sectores emblemáticos y únicos como la Av. Pedro Montt, por ejemplo. Y en vez de ello, vemos con espanto las intervenciones urbanas mediocres y muy poco felices como el entorno del Arco Británico, entre otras.

No ha existido en estos diez años intención alguna por parte de las distintas gestiones municipales por ofrecer un desarrollo sustentable y serio para mejorar y recuperar la arquitectura antigua de Valparaíso y ofrecer alternativas modernas acordes a una ciudad única y patrimonial (con o sin la declaración de la Unesco) como es la nuestra.

Está bueno de seguir con el lloriqueo permanente por parte de los distintos alcaldes por la falta de recursos, basta ya de negociados oscuros y sospechosos, está bueno ya de actuar cuando el daño es irreversible. Que los permisos de construcción en altura queden paralizados por orden municipal a estas alturas del partido no es más que una medida tardía e interesada que mira más al electorado que a la contaminación arquitectónica de los cerros. Los sectores que ahora se quieren proteger (Barón, Esperanza y Placeres) ya están saturados de edificios con todos los problemas que ello ha generado. No queda ya mucho que proteger allí.

 Estos  diez años, desde que Valparaíso fuera nominada como una ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad, debieran ser el momento para que autoridades y ciudadanos reflexionáramos en torno a su profundo deterioro, para que se decida de una vez por todas, trabajar por un Valparaíso que esté a la altura de su título y de su belleza, y no siga siendo ofrecida como un producto cualquiera a la máquina trituradora de los intereses más bajos del mercado que la prostituyen para el beneficio económico de unos pocos.

martes, 9 de octubre de 2012

DE INCENDIOS Y FUEGOS ARTIFICIALES

“La espantosa realidad de las cosas. Es mi descubrimiento cotidiano”  Fernando Pessoa, escritor portugués.

Me vengo preguntando hace ya un tiempo si acaso Valparaíso se fue, lo he buscado desesperadamente sin encontrar más que los despojos de una ciudad que no reconozco, en donde diviso apenas algunos últimos vestigios de una ciudad puerto que cada tanto se remata, se incendia y se derrumba. 

Mientras el incendio mataba el clásico teatro Imperio en Valparaíso, el alcalde Castro lanzaba fuegos artificiales en el muelle Pratt. Foto de Barbara de la Fuente.
Quizás Valparaíso está en cada edificio histórico que se quema, en cada ascensor que permanece inmóvil en la cumbre de su estación fantasma, en cada casona o construcción antigua que desaparece tras una cadena comercial. Tengo la sensación que vivimos en una ilusión, que lo que sucedió el lunes 17 de septiembre fue el símbolo más claro de que Valparaíso nos abandonó sin darnos cuenta ante tanta negligencia y maltrato. El incendio del ex Teatro Imperio, edificio declarado Patrimonio, ardía esa fatídica noche de lunes como tantos otros que corrieron la misma suerte. El triste espectáculo de las llamas ardiendo con voracidad en medio de fuertes vientos nos devolvía la triste realidad de Valparaíso mientras Chile entero celebraba las fiestas patrias.  Justo la noche en que el alcalde Jorge Castro daba inicio al show pirotécnico de fuegos artificiales dieciocheros disponiendo para ello de un presupuesto de 40 millones de pesos.

Esta verdadera ironía da cuenta del estado de las cosas en el puerto. Porque estamos, además, en tiempos de plena campaña electoral municipal y vemos con estupor como con la rapidez y la improvisación más burda se pintan fachadas de inmuebles que están en pésimas condiciones estructurales y/o de sistemas eléctricos, como se tapan los hoyos de las calles con tierra, como se instalan máquinas de ejercicios en el borde costero, como se promueve y vende la imagen Valparaíso con las fotos del alcalde ofreciendo todo aquello que no ha logrado solucionar ni gestionar durante su período alcaldicio. Sin el más mínimo pudor ni disimulo.

Han pasado 5 años desde el incendio en calle Serrano y las condiciones del sector siguen siendo lamentables aunque cada tanto se nos avisa de fabulosos proyectos a punto de concretarse en la zona. ¿Qué pasará con el edificio del Teatro Imperio?
El alcalde al llegar al lugar del incendio, después de festejar los fuegos artificiales eso sí, comentó muy afligido que esto era “un verdadero atentado al patrimonio de Valparaíso”, es decir, parece deslizar una sospecha de fuego intencional. Me espanto. Todos sabemos cómo la especulación inmobiliaria está ansiosa por ocupar espacios atractivos en el pequeño plan del puerto, sabemos también la avidez del comercio retail que está, al igual que los boy scout, siempre listos a instalar su horroroso comercio en donde pueda a cualquier costo. Y sabemos también como nuestro alcalde es el promotor más entusiasta de estas iniciativas. Me sigo espantando.

Pero quiero creer porfiadamente que este incendio puede ser una oportunidad para que Valparaíso vuelva, para devolverle dignidad y belleza a un lugar que nunca debió ser ocupado, además, con puestos de bazar. Porque tampoco es cierto que ahí funcionaba una feria artesanal, otro de los miles de eufemismos que nos aquejan, ya que en Valparaíso no existen ferias de artesanías, sólo un comercio de chucherías y baratijas que tienen poblada la ciudad de carpas y comercio ambulante.
Yo no celebré los estampidos ni las luces de estos tristes fuegos artificiales del 17 de Septiembre, más bien cerré los ojos, me tapé los oídos y me imaginé el Teatro Imperio recuperado y restaurado funcionando como teatro, con una galería de fotografía en un costado y con una cafetería y confitería Riquet en su entrada. Es decir, le devolví a ese hermoso edificio patrimonial toda su grandeza y su esplendor en mi desesperada búsqueda de ese Valparaíso que al parecer nos ha dejado.

domingo, 9 de septiembre de 2012

LA VERGUENZA DEL CERRO BELLAVISTA

“Lo que tenemos que entender es que la arquitectura contemporánea es super importante, porque no podemos dejar la ciudad estancada”, declaró Paulina Kaplán, Directora de  la oficina de Gestión Patrimonial de Valparaíso a  El Mercurio de Valparaíso el 28 de noviembre del 2011. Y a continuación defendió la construcción de un edificio sobre el mural de Matilde Pérez, en pleno Museo a Cielo Abierto del Cerro Bellavista, aduciendo razones de progreso, modernidad y de embellecimiento al entorno del sector con el aporte dela Inmobiliaria Cielo Abierto.
Mural de Matilde Pérez clausurado debido a ridícula construcción
Este proyecto inmobiliario que originó mi primera columna de opinión sobre Valparaíso, en una desesperada alarma para defender y proteger esta zona de carácter cultural y patrimonial que estaba siendo seriamente amenazada, generó no sólo gran rechazo por parte de la comunidad de vecinos del Cerro Bellavista, sino el cuestionamiento por parte de arquitectos, dirigentes sociales, diseñadores, artistas y emprendedores quienes vieron có8mo se estaba afectando parte de la historia y la geografía de esos pequeños y angostos pasajes que conforman parte de uno de los accesos al museo, sino también por el resguardo del Mural de Matilde Pérez (incluso con investigación de la PDI de por medio) que quedaba como parte de la fachada del edificio.
La polémica se mantuvo durante todo el año 2011 con permanentes conflictos con los vecinos, con agresiones físicas y verbales de parte de los encargados de la construcción, con demandas y varias órdenes de paralización de obras por diversas irregularidades cometidas por parte de la constructora.  Sin embargo, el apoyo municipal entregado directamente por la Sra. Kaplán fue tan contundente como categórico: aquí estábamos frente a una posibilidad única para mejorar el sector.

Desde Enero de este año y hasta la fecha, poco a poco fueron cesando los trabajos, se acabaron los ruidos, la entrada y salida de gigantescos camiones y maquinaria sacando escombros y trayendo materiales, hasta que finalmente fueron despedidos los trabajadores y las obras quedaron completamente paralizadas sin explicación ni resguardo alguno. El panorama comenzó a ser aún peor que durante la construcción: el sitio se transforma en el refugio ideal para amparar delincuentes, vándalos y borrachos, el resultado está a la vista con todo el entorno rayado, incluyendo los murales, la basura multiplicada por todos lados y una fetidez insoportable. Los robos de los materiales que aún quedan dentro de la obra son permanentes y pese a que Carabineros detiene a los infractores, éstos quedan libres rápidamente ya que –según nos dicen- la constructora no presenta cargos. Robos y delitos que han aumentado considerablemente en el Cerro Bellavista. Todo ello en medio de las veredas que quedaron rotas, los adoquines destruidos, la entrada al Pasaje Pasteur sin su arco de señalética de ingreso al museo y sin los topes municipales que protegían la calidad de paseo peatonal al sector.